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La ciudad, localizada a 18 kilómetros al noroeste de la capital San José y a 5 minutos del Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, debe su nombre al antiguo barrio de La Lajuela, denominación que se fue distorsionando o abreviando en la boca de los pobladores hasta convertirse simple y llanamente en Alajuela.
Hasta 1820, la región permaneció casi inexplorada. En aquellos tiempos, sólo los hombres avezados se adentraban en los bosques para explorar las cabeceras del río Grande o explotar las minas de los Montes del Aguacate. La situación cambió en la segunda mitad del siglo, cuando en el Valle Central -donde se encuentra Alajuela- se inició el "boom" cafetalero.
En las acogedoras tierras alajuelenses se produjo uno de los acontecimientos de mayor significación en la historia de Costa Rica, porque fue aquí, en la sede del Ayuntamiento, donde proclamó la independencia del país, el 15 de septiembre.
Pero Alajuela no es sólo una ciudad histórica, carismática y entrañable, sino que es, sobre todo, una provincia afamada por sus inmensas áreas protegidas -auténticos santuarios en los que se rinde culto a la conservación de la naturaleza-; y sus milenarios volcanes, gigantes de furia apagada como el Arenal, en la ciudad de San Carlos, y el Poás, cuyo cráter es el segundo más grande del mundo.
Los parques nacionales Volcán Poás y Juan Castro Blanco y la Reserva Nacional de Fauna Silvestre Caño Negro, son, quizás, los principales bastiones ecológicos de Alajuela. Aquí, una explosión de flora y fauna, de sonidos y colores, conducen al viajero a un mundo salvaje, en el que la naturaleza sigue imponiendo sus reglas, perpetuando su orden.
La aventura no termina ahí. Se prolonga en las pintorescas ciudades de San Ramón, Marcero y Sarchí, la cuna de la artesanía tica, se vuelve alegría en el festival de los mangos que se realiza en junio, se viste con su traje rural en la fabulosa exposición ganadera de abril.
Una experiencia sin par, que se extiende a la vecina Heredia, conocida como la "Provincia de las Flores", y la mayor productora de café de todo el país. Sus montañas cubiertas por densos bosques y su fértil valle, configuran un espectáculo visual para los viajeros.
Demasiado por ver y conocer. Una travesía que se debate entre el sosiego de la ciudad y la adrenalina de los parques nacionales, entre los aromas del mango y el café, entre la aparente pasividad de los volcanes y el bullicio de los animales del bosque. Eso sí, no se vaya a molestar si alguien le pone un sobrenombre.
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